La incorporación intencional de la ética en la gestión genera beneficios, reduce fricciones, aporta confianza, sostiene reputación, y amplía las oportunidades de negocios.
La buena gobernanza corporativa ha cobrado protagonismo en la agenda empresarial en paralelo a una creciente demanda social que evalúa el accionar ético de las organizaciones en términos de confiabilidad, honestidad y seriedad. Esta constatación abre la puerta a una reflexión más profunda sobre el fundamento ético de la acción humana y empresarial.
Es oportuno aclarar que “No existe una ética profesional que pueda ser entendida como “exclusiva” de una determinada profesión, es decir, teniendo valores, principios o normas éticas solo válidas para esa profesión. Todo lo contrario. Lo que existe es una ética de la relación interhumana en general, que reúne las características particulares cuando esa relación se da en ámbitos especiales” (1).
Aniceto Masferrer dice que los grandes cambios en materia del reconocimiento de derechos y mejoras sociales vienen de la mano de situaciones moralmente insostenibles, y que “…todas las injusticias y corrupciones que se dan en el mundo se deben a la falta de respeto” (2), cualquiera sea el ámbito en que ello ocurra. En la afirmación anterior hay dos conceptos implícitos: el concepto del respeto como deber moral y el objeto sobre el cual ese deber recae.
Si la ética es ética de la relación interhumana, no es un asunto meramente individual. Existe, sí, una dimensión subjetiva de los valores asumidos como propios. Pero la ética en tanto disciplina filosófica aporta un sistema coherente de valores, principios y normas que ayudan a fundamentar objetivamente la subjetividad de la conducta moral de la persona que convive en una sociedad donde todas las personas merecen igual consideración y respeto.
El objeto sobre el cual recae el debido respeto entonces, es la dignidad humana y posibilidades de realización, valor central que “…no admite cualquier tipo de instrumentalización o explotación: uno debe favorecer que las personas crezcan y se desarrollen por su propio bien, empleando su propio estilo de hacerlo, y no para el propósito de servirse de ellas o para que secunden o satisfagan mi propio deseo o interés” (3). Se trata de la realidad de la persona humana tomada como fin en sí misma y nunca como medio para la realización de otro.
Este foco ordena la reflexión y se contrapone a “un rasgo y características del hombre y la sociedad posmodernas: la hipertrofia del subjetivismo (…) y de los sentimientos” (4). El respeto supone un reconocimiento del otro y su derecho a realizarse, de modo tal que limita “la autonomía de la voluntad que solo busca la satisfacción de los propios deseos” (5) y hace lugar a las posibilidades de desarrollo de otros con quienes se convive en relación de interdependencia.
Así, “La actitud respetuosa es un acto de inteligencia (del discernimiento de la realidad y su valor) y de la voluntad (de elección de la conducta adecuada al ser de las personas y las cosas con relación a su valor). El respeto es, pues, un acto humano (cognitivo y volitivo) que refleja la calidad ética de una persona” (…). Constituye una condición imprescindible para una convivencia social pacífica y justa. Sin respeto no cabe la confianza y el dialogo, claves en una sociedad plural y democrática” (6).
Desde este marco, la libertad de la persona (sus decisiones autónomas) no puede desconectarse de la idea de lo que es bueno para sí y para otros. La libertad como capacidad de elección no está por encima de la bondad de lo elegido. Si todas las personas merecen ser respetadas en su dignidad, el proceso individual de toma de decisiones debe incorporar la consideración del impacto que tales decisiones tienen sobre las posibilidades de realización de los demás. Esto aplica también en el ámbito de las decisiones corporativas.
Si la bondad de las decisiones no puede medirse solo por la satisfacción individual de quien decide, entonces hay un espacio más amplio a preservar: el bien común. Un bien común concebido no como la suma de intereses privados ni como una entidad abstracta desligada de la realidad, sino como el conjunto de condiciones que permiten a las personas desarrollarse en su dignidad (conciencia, libertad y autonomía), sea cual sea el ámbito en el que transcurran su vida (individual, grupal, institucional, social, laboral) y en la diversidad de roles que en ese transcurso desempeñen.
Franca considera que una empresa éticamente responsable ha dejado de concebirse a sí misma únicamente como centro de generación de lucro. La presión y reclamos de los grupos de interés y partes interesadas hacia las entidades empresarias, motivaron el reconocimiento de que “una empresa no logra dividendos si todos los involucrados no confluyen en forma coherente en el logro de ese superávit o beneficio. Esto significa que el capital sería “inútil” sin el trabajo, sin las expectativas favorables de los consumidores, sin la función del Estado como “organizador del bien común de la sociedad” y protector del ambiente, sin los proveedores y distribuidores” (7). Es así como el empresario “no solo debe velar por el beneficio del capital sino por el beneficio de todos los involucrados, porque todos, de una forma u otra, han contribuido al beneficio empresarial” (8).
En ese marco, la finalidad de la empresa es “…contribuir al bienestar social (a través del éxito productivo y económico) y a través de múltiples decisiones que favorecen o benefician a la totalidad de los involucrados o grupos de interés” (9). Es un deber de justicia y de respeto devolver a las partes interesadas el bien recibido e incorporar en la oferta de valor no solamente una contribución al buen funcionamiento del mercado y de la sociedad, sino también iniciativas que afecten negativamente la convivencia social. La empresa éticamente responsable debe preguntarse cuáles son las mejores y adecuadas formas de contribuir a generar lo uno y lo otro.
Lejos de ubicarse en un plano ideal abstracto, la ética empresarial forma parte de una continua experiencia comunitaria donde, en un proceso de discernimiento crítico y continuo, la organización aprende a confrontar sus decisiones con un marco de referencia ético, y a modificarlas según el impacto de sus consecuencias. El marco de referencia debe ser explícito y asumido por todos los miembros de una organización, porque el riesgo de arbitrariedad y manipulación egoísta, siempre presente en la acción humana, se neutraliza mediante convicciones colectivas y mecanismos institucionalizados de reconocimiento y de condena social.
Tanto mediante la producción de bienes, servicios y riquezas como a través de la producción de intangibles como la ética, la confianza, la transparencia, la previsibilidad, la lealtad y equidad en los intercambios y relaciones, una empresa puede contribuir u obstaculizar el bien común. Cuando es éticamente responsable, asume “el imperativo moral de responder correctamente a las consecuencias sociales beneficiosas o perjudiciales que se generan con los impactos provocados por la empresa” (10) en términos de, según el autor: 1) la calidad de la vida laboral interna; 2) el bien común; 3) el desarrollo tecnológico, la innovación y la sustentabilidad financiera de la organización y 4) el desarrollo sostenible del medio ambiente. Cuanto más poder de afectar vidas y realidades tenga una organización, mayor será el llamado a cuidado por las consecuencias de sus actos y más perentoria la convocatoria a que incorpore la pregunta sobre la licitud o bondad de aquellos.
La incorporación intencional de la ética en la gestión genera beneficios, reduce fricciones, aporta confianza, sostiene reputación, y amplía las oportunidades de negocios. Por ello, las empresas éticamente responsables constituyen factores de productividad social y de desarrollo saludable del mercado cuyo corolario es un aumento de la confianza en las relaciones humanas. Por un efecto de “dominó ético”, eso se traduce en la posibilidad de hacer más y mejores negocios. Trabajar para crear un entorno empresarial ético puede implicar costos, sí, “…pero no necesariamente significa una reducción de las ganancias. Lo que resulta mucho más difícil de evaluar es cuánto (dinero) representa el ahorro de haber evitado los gastos de un conflicto (ético) …” (11).
Ahora bien, nada de esto ocurre de manera espontánea. La ética empresarial exige liderazgo de empresarios y directivos que: 1) asuman que conducir una organización implica ejercer poder con responsabilidad moral; 2) no reduzcan la toma de decisiones a su eficacia económica inmediata, sino que integren deliberadamente la consideración de sus consecuencias sobre las personas, las relaciones comerciales y el bien común y 3) construyan los sistemas que fomenten la adhesión de sus miembros a valores, principios y normas explícitos, conocidos y vehiculizados a través de las herramientas de gestión. Incursionaremos en estos temas en próximas ediciones.-
(1) Franca, Omar (2011). Ética empresarial y laboral. Los fundamentos y su aplicación. Grupo Magro Editores. Cita en pág. 50.
(2) Masferrer, Aniceto (2022). Libertad y ética pública. Editorial Sekotia. Cita en pág. 141.
(3) Masferrer, op cit., pág. 143.
(4) Masferrer, op cit., pág. 142.
(5) Masferrer, op cit., pág. 143.
(6) Masferrer, op cit., pág. 143-144.
(7) Franca, op cit., pág. 52.
(8) Franca, op cit., pág. 54.
(9) Franca, op cit., pág. 55.
(10) Franca, op cit., pág. 188.
(11) Franca, op cit., pág. 23.



